La vida es confusión y elección. Eso está claro. Confusión previa a elección generalmente diría yo, aunque no siempre. Tanto en los elementos más mundanos de la vida, como en los más profundos. Aunque a veces sólo sea confusión en estos últimos. Confusión que no lleva a ninguna elección. Es decir. Yo hoy podría comer patatas o arroz. Y, previo a la elección, tenemos un proceso de confusión en el que nos debatimos entre las opciones para, a posteriori del análisis de pros y contras de ambos elementos, llegar a una elección. Pero los sentimientos, por desgracia, no son así. Ojalá fueran así. Son nubes de confusiones en donde piensas que te encanta el arroz y, de repente, es arroz mutante con sabor a patata; y luego llueven espaguettis del cielo que tienen bolognesa que no te gusta y, cuando parece que ya no tienes apetito, te das cuenta de que quieres croquetas, pero eres alérgico y compras sopa que misteriosamente resulta ser de patata.
A veces no elegimos, pues no hay elección. Solo un gran universo de confusión en el que hacemos girar nuestro pequeño mundo hasta el mareo.
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